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JUNIN. Bs. As. Argentina - Viernes, 20 Abril 2018 00:00 hs.
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14-02-2018 | 03:41
 
Adelaida Llamedo en el recuerdo de Dante Balestro
 
El homenaje de un alumno a su maestra de tercer grado y el recuerdo en el tiempo. Adelaida Llamedo fue docente de la Escuela 16. Memorias de un tiempo en que Barrio Belgrano era la "Tierra del Fuego". Cómo era la enseñanza por aquellos días. La vida social.
 

 

 

Me referiré primero a algunos recuerdos históricos de mi edad escolar, allá por los años 1922 y 1923; a la Escuela Nro. 16 ubicada en Tierra del Fuego y a la maestra de tercer grado Adelaida Llamedo.

"Tierra del Fuego" incluida en el ejido de la ciudad pero aislada y separada de esta por alambradas y obras del ferrocarril Buenos Aires al Pacífico que solo permitía a manera de cordón umbilical, o estrecho istmo peninsular, conectarse a la propia ciudad por el paso a nivel de calle Rivadavia y aún en nuestros ideas existen iguales características geográficas.

Tierra del Fuego suburbio peninsular de Junín, subestimado por los pobladores afincados al sur de la línea férrea. Su carencia de alumbrado público, sus calles sin pavimento, veredas sin delimitar y sin condiciones mínimas, que para transitar había que observar bien dónde poner los pies para evitar riesgo de resbalón, tropezón o caída, y en manera dificultosas en noches oscuras, cuando el generoso y gratuito servicio lumínico de la luna estaba ausente.

Sus calles barrosas o polvorientas por abundancia o escasez del meteoro fenómeno determinante de esos alternados estados físicos de sus calles y veredas daban sensación de campos de reservación de tribu incivilizada.

La absoluta carencia de los indispensables servicios urbanísticos comunitarios, quizás hayan sido la causa material que dio orígen al criterio absurdo de subestimar a ese sector peninsular, como guarida de malhechores, forajidos y delincuentes que en verdad algunos los había pero no con elegante vestimenta de sus iguales del centro de la ciudad.

Ese criterio no sólo anidaba en la mente del ciudadano común, que gozaba de posibilidad económica y social, de estar afincado en el radio céntrico o menos céntrico, sino que también era criterio de ilustrados y politiqueros gobernantes reflejado en la limitación de la enseñanza primaria, hasta cuarto grado.

Esa limitación escolar, de por sí era lenguaje demasiado objetivo del nivel conceptual que de esa área poblacional se tenía por aquellos años. Regateo en aulas escolares pero abundancia de los opuestos, conocido con la denominación de "comité", que eran simples y vulgares garitos, genuino caldo de cultivo de todo lo que se opone a lo escolar y cultural; campo propicio creado para el ejercicio de grosera y repugnante demagogia y escuela técnica de enseñanza del fraude en actos electorales, como "el voto en cadena", "el cuchillo amenazador dentro del cuarto oscuro" y otras porquerías, al estilo de la enseñanza surgida de la escuela del "comité".

Esos antros, donde no estaban ausentes matones a sueldo como encargados de esa institución, donde para cumplir su específica finalidad, debían estar los indispensables elementos para vicios y corrupción: caña o ginebra, naipes y taba como entretenimiento de los parroquianos de echar "suerte" o "culo", monte criollo o siete y medio, generadores de disputas y reyertas, con trágico final de un gemido como un último adiós a la vida.

Todo eso se podría condensar en cuatro palabras: "corrupción, sí, educación no". Luego, algunas décadas después, hemos visto ese mismo proceder con otro ropaje, adecuado al ejercicio de evolucionada demagogia, que no obstante su actualizada vestimenta, insinuaba sus formas y el substancial contenido de finalidad expresada en el librillo: "Alpargatas sí, libros no". Esto también forma parte de mis históricos recuerdos.

Un sola escuela y limitada a cuarto grado, una sola precaria y resistida biblioteca popular. Boliches y "comités" en abundancia. Dos géneros de instituciones de sentido opuesto; positivo el uno, negativo el otro, cuya preponderancia de este último estaba dado por la ley de la menor resistencia, que resulta más fácil corromperse que educarse.

Allá, en aquellos tiempos y en ese ambiente geográfico y social, tuve de maestra en tercer grado, como auténtica segunda mamá a la señorita Adelaida Llamedo.

Fuimos muchos los niños que gozamos del privilegio de recibir su cariño, su enseñanza y sus reprimendas, no de castigo sino de brújula indicadora de ruta a nuestras conductas. Todas las mañanas, de lunes a sábado, sin faltar un solo día, a lo Sarmiento, a lo Ameghino, a lo Almafuerte. Con lluvia o con sol, con escarcha o calor, desde su casa de calle Quintana a media cuadra al sur del "paredón", se encaminaba a Tierra del Fuego, a cumplir su vocacional sagrada misión.

Después de trasponer el "istmo" del paso a nivel, sus zapatos de negra cabritilla, abrochados con presillas, pisando y chapaleando barro. Salpicando el claro marrón de sus medias de muselina y el blanco de su guardapolvo, así embarrada llegaba a su escuela de Tierra del Fuego.

Son muchos años los que han pasado y sin embargo conservo en mi mente y siempre renovados aquellos recuerdos de la señorita Adelaida Llamedo. "La sola querida segunda mamá", que al decir de Almafuerte: "Pasando los meses, pasando los años seremos adultos, geniales tal vez.../Más nunca los hechos más grandes o extraños desfloran del todo la eterna niñez / No gima, no llore la santa maestra: no en el mundo del todo se va / Usted será siempre la brújula nuestra, la sola querida segunda mamá.


 

 

 

 
 
 
 

 

 



 
 
 
 

 

 




 

 

 

  
 
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