Las mil caras de Eva (Nota 2): El estructurado mundo de la fotografía oficial

Los distintos fotógrafos oficiales que la acompañaron como Primera Dama. El rol del periodista Raúl Alejandro Apold como subsecretario de Prensa y Difusión de la Presidencia. Eva oficial, Eva íntima.


(Escribe: Abel Alexander, historiador de la fotografía).- Desde entonces sus fotografías -y el uso y circulación de estas- cayeron dentro de la celosa competencia del Estado nacional. Como esposa del Presidente, Eva Duarte de Peròn ingresa en el estructurado mundo de la fotografía oficial. En primer lugar, salvo excepciones los numerosos retratos realizados durante una década de actividad artística dejaron de circular: eran imagenes o podes audaces no recomendable para su nuevo papel.

El arquitecto, celador y divulgador de esta nueva edición de Evita fue el periodista Raúl Alejandro Apold, subsecretario de Prensa y Difusión de Presidencia. En la sede de avenida de Mayo 850 se centralizaban todas las jefaturas de los medios de comunicación y propaganda al servicio del gobierno.

Allí trabajaba el numeroso cuerpo de fotógrafos de prensa bajo la jefatura de Emilio Abras, un fotógrafo talentoso y de larga trayectoria en el periodismo, especialmente en la revista porteña “Caras y caretas”. Eva tenía asignados a su servicio a varios fotógrafos personales que la acompañaban durante sus largas jornadas de trabajo. Este material se entregaba en avenida de Mayo 850 poco después de cada evento y posteriormente circulaba mediante un eficiente sistema de distribución destinado a los principales diarios y revistas. 

Por entonces las cámaras predilectas eran las voluminosas Speed Graphic, de fabricación norteamericana (ilustración de la derecha) pero también subsistían modelos históricos como la francesa Spido Gaumont o la alemana Contessa Nettel, ambas con chasis para negativos de 9 x 12 centímetros. Era común que luego de cada cobertura fotográfica, los reporteros gráficos revelaran sus propios negativos, como una medida de precaución y cuidado. Las copias se realizaban en papel simple peso, abrillantado, en la medida de 12 x 18 y con margen blanco, al dorso se estampaba un sello húmedo con el crédito de la subsecretaría.

Por supuesto durante ese período existió un control y una manipulación total de la fotografía oficial. Solamente se tomaban, distribuían y publicaban aquellas imágenes que favorecían políticamente al gobierno. Ellas debían transmitir a través de la multiplicación inmensa de los medios, aquella imagen de la nueva nación “Justa, libre y soberana”. La figura de Evita era clave en la transmisión del mensaje.

Además de las fotos de la primera dama en las tapas de diarios y revistas de la cadena de medios oficialistas, los profusos reportajes en publicaciones nacionales e internacionales,

debemos mencionar la edición de millones de folletos con su retrato sola o junto a Juan Perón que se distribuían en los locales partidarios y las postales y afiches dibujados en base a sus fotos como la conocida Evita del ilustrador chileno Raúl Mateola (foto de la derecha).

Otro jalón en la construcción de la imagen de la abanderada de los humildes fue su extenso viaje diplomático por una Europa devastada por la guerra, en junio de 1947. Con solo 28 años, Eva visitó en misión oficial España -principal destino político del viaje-, Italia, el Vaticano, Francia, Portugal y Suiza en un periplo que ella denominó “la gira del Arco Iris”.

Por aquel entonces, el equipo de fotógrafos de la subsecretaría de Prensa y Difusión funcionaba con la misma eficiencia que una agencia fotográfica norteamericana. El equipo de Abras producía imágenes de géneros tan disímiles como el reportaje, los retratos oficiales, la publicidad partidaria y el fotomontaje político. Uno de los “muchachos”, como Eva denominada cariñosamente a los fotógrafos, fue el balcarceño Hilario Angel Farías, quien en julio de 2002 reconstruyó el paso de Evita frente a sus lentes. “Cuando la conocí quedé deslumbrado por su belleza. Era terriblemente fotogénica. Su piel era una porcelana, el cabello, el peinado, todo era tan armonioso. Los fotógrafos notàbamos inmediatamente esas cosas. Ella, como modelo, era la primera. Nunca se refirió a un ángulo que no le gustara o a un perfil preferido”,

Alfredo Mazzorotolo fue otro de los fotógrafos personales que acompañó a la “Señora” desde 1947 hasta su muerte en 1952. “El inglés” como lo apodaba en la subsecretaría por su aspecto atildado y el dominio de ese idioma, operaba en el despacho donde Eva recibía a las delegaciones sindicales, comitivas oficiales y a las miles de personas humildes que acudían a ella para solicitarle ayuda. Mazzorotolo también la acompañó en sus giras polìticas en tren por el interior y es autor de la celebre fotografía de Evita soltando palomas blancas desde un palco oficial hacia 1948.

Ese año se incorporó al equipo el retratista Antonio Pérez quien fue asiduo a la residencia presidencial en el Palacio Unzué. Sus retratos del matrimonio Perón con los caniches o vestidos de gala para las fiestas patrias son muy recordados, en especial una toma de Evita con chal blanco, amplia sonrisa y brazo en alto, saludando a sus partidarios reunidos en el Concejo Deliberante en 1948. Francisco Caruso -como su colega Augusto Vallmitjana- era fotógrafo contratado pero de gran confianza de Juan Perón, al punto de que, junto con Abras, era el único que podía trabajar en la intimidad de la pareja en la quinta de San Vicente. El “gordo” Caruso también se desempeñaba en el despacho de Evita. Por aquellos años el sistema de iluminación era el flash a bombilla, una por cada disparo. Por respeto a Eva no se usaba el flash de magnesio debido a las molestias que le ocasionaba el humo.

Un domingo de 1948 el fotógrafo Pinélides Aristóbulo Fusco (1913-1991) recibió una llamada de la editorial Korn: debía viajar urgente a la quinta de San Vicente para tomar fotografías del matrimonio Peròn. Antes de retirarse, Eva le indicö: “Quiero las fotos mañana a las seis de la mañana en mi despacho”. Trabajando contra reloj toda la noche en el laboratorio de su casa pudo entregarlas al día siguiente. Al ver la calidad de las tomas, Evita le entregó una tarjeta con el nombre de Raúl Apold: “Si le interesa trabajar con nosotros vaya a ver a este señor de mi parte”. Fusco, que poseía una sólida formación intelectual y había trabajado como reportero gráfico del diario Democracia, fue definitivamente el fotógrafo predilecto de Eva Perón. Nadie como él supo interpretar a través de las imágenes el complejo mundo de esta mujer de Estado y sus diferentes roles sociales y políticos.

A “Fusquito” como lo apodaba cariñosamente su jefa, se deben las fotografías icónicas del peronismo, como la Evita joven, rubia y con sus cabellos al viento, bandera y emblema de la organización Montoneros; una serie de registros íntimos tocando el piano y paseando con Perón en la quinta de San Vicente; el trabajo intenso en su despacho o sus arengas apasionadas desde los balcones de la Casa de Gobierno. Fusco además es el autor de las primeras fotografías en colores de un acto oficial con el presidente jurando la Constitución en 1949, imágenes del matrimonio vestido de gala en el Palacio Unzué o retratos en primer plano de Eva, valioso material que atesora su hijo Edgardo.

El fotógrafo también documentó los momentos más trágicos de esta figura histórica: su declinación física, el famoso abrazo con Perón en el balcón de la Casa Rosada tras el discurso del 17 de octubre de 1951 y aquella del 11 de noviembre de ese año en la que se la ve postrada en su cama emitiendo el voto para las elecciones presidenciales que consagran su iniciativa del sufragio femenino. 

Finalmente realizó una serie de impresionantes fotografías del sepelio de Evita que incluye un registro del ataúd abierto y tomas aéreas desde un helicóptero mostrando infinitas filas despidiendo a la “Abanderada de los humildes”.

Siempre existió un romance entre Eva Perón y la fotografía. Ella supo construir con tesón, intuición e inteligencia su propia y poderosa imagen, primero como artista -gracias a los mejores talentos en el campo del retrato- y luego a través de experimentados fotógrafos del Estado puestos al servicio de esa enérgica dama, que sabía muy bien cómo, cuando y de qué manera había que posar. 

Los diferentes capítulos de su vida y las encontradas pasiones que generó su figura también se trasladaron a su iconografía fotográfica: así como Evita construyó su imagen, la modeló, la hizo mutar y siempre mantuvo un estricto control sobre los mensajes que emitía a través de ella, tanto sus seguidores como sus adversarios también lucharon por esa imagen, se la apropiaron y hasta intentaron destruirla y borrarla. Esta saga es tan apasionante y elocuente como la biografía de Eva Perón: la mujer que vivió bajo la lente de una cámara.

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