José Castellar: Joyería y rugby

Más de cuarenta años en la actividad como joyero. Fue uno de los impulsores del Club Los Miuras.

(Publicado por diario Democracia, 5 de mayo de 2013) José Castellar nació en Junín y durante muchos años vivió con su familia en el edificio de la sede del Sindicato de Empleados de Comercio, que por entonces “estaba ubicado en Sáenz Peña, frente al Cine Crystal”, ya que su padre estuvo a cargo de la cantina del sindicato durante unos 25 años.

Hizo la primaria en la Escuela N° 1 y la secundaria en el Industrial, pero antes de finalizar sus estudios, se fue a Capital Federal a aprender el oficio de joyero.

“Mi hermana mayor -cuenta-, por intermedio de su marido, tenía familiares en Buenos Aires que eran joyeros y grabadores, eran tres hermanos de apellido Dinunzio. Y cada vez que nos juntábamos para las fiestas, me contaban sobre el oficio y a mí siempre me atrapaba el hecho de saber cómo se trabajaba el metal y todo eso”.

Fue así que con sólo 16 años, se fue a la gran ciudad para iniciarse en esa tarea. “Aprendí a trabajar el metal, fabricarlo y grabarlo, a hacer todos los pasos para hacer medallas, anillos, engarces, grabados en relieve o bajo relieve, medallones, todo”, enumera José.

Según dice, la actividad lo “atrapó muchísimo desde un principio”, y añade sonriente: “Me gusta mucho y creo que hoy me puedo considerar bueno en joyería y grabado, aunque no como comerciante, porque por los años que tengo de oficio, debería ser mucho mayor mi crecimiento”.

Volvió a Junín con 19 años y con el oficio aprendido. Llegó justo en el momento que había abierto la joyería Difeo, que no tenía grabador, y ahí se inició.

Después le tocó el servicio militar. Allí debería haberle tocado el Sur del país, pero como le gustaba mucho la natación, tuvo la posibilidad de pedir buceo y se fue a Santo Tomé, en la provincia de Santa Fe, al Cuerpo Anfibio, donde había buzos tácticos. “Si bien hice eso que me gustaba mucho, lo cierto es que la disciplina era muy dura porque se trataba de un cuartel modelo”, recuerda hoy.

Su propio camino

Cuando terminó el servicio militar regresó a Junín y puso su propio taller, y de a poco, se fue ganando la clientela, con la fabricación: “Cuando venía alguien que quería algo, lo diseñábamos un poco en conjunto, y creo que ésa fue mi mayor virtud: saber interpretar el gusto del cliente”.

Y remarca: “Eso fue lo que me apasionó siempre y todavía sigo apasionado”.

Más adelante mudó su local a Sáenz Peña 177, “gracias a la colaboración de muchos amigos”, dado que en ese tiempo no era fácil conseguir un local sobre la calle comercial más importante de la ciudad. “Para mí era un gran paso adelante y riesgoso -admite-, porque lo mío era más taller que venta, pero yo seguí con la misma tesitura, de seguir fabricando cosas, y hoy, después de tantos años, mis clientes ya son amigos, construimos una amistad comercial”.

Además, José subraya que tiene “una muy buena relación” con sus colegas, que con ellos “no hay competencia desleal” y eso es “algo que debe ser destacado”.

El oficio a través del tiempo

Castellar lleva más de cuatro décadas como joyero y, según cuenta, en todo ese tiempo “el oficio fue cambiando terriblemente”, a partir de la incorporación de la tecnología: “Hoy vienen anillos o cadenas fabricados en serie y en calidad óptima, por lo que muchas veces no conviene hacerlos a mano porque se encarece el producto”.

No obstante, José asevera que lo artesanal “todavía se valoriza mucho”.

Además, se fueron incorporando nuevos materiales. “La joyería fue perdiendo categoría -reconoce Castellar- y yo pienso que es producto de la inseguridad: por temor, ya no se pide tanto el oro, ahora se busca el oro blanco, que no es tan atractivo como el amarillo, o plata y oro, o plata sola, o acero quirúrgico, y para mí esto último ya no es joyería sino más bien bijouterie”.

Otro rubro que también fue modificando sus características con el paso del tiempo, es el de la relojería, que José también trabaja. En los años en los que él empezó, todos los relojes eran a cuerda o automáticos. Luego, cuando apareció el reloj a pila, “ningún joyero lo quería trabajar”, porque era otro tipo de mecanismo.

Con todo, Castellar asevera que la inseguridad también afectó a este rubro porque “paró la venta del reloj de alta gama”, y amplía: “Hubo un tiempo en el que la relojería de prestigio se fue perdiendo en Junín, nadie trabajaba esas marcas, y cuando reformé mi local, gracias a la ayuda de un joyero amigo de Rosario, incorporé relojes de marcas, como Tag Heuer, Baume & Mercier, Victorinox, Longines y Tissot. Toda la relojería suiza que ya no se conseguía acá por el avance de la relojería electrónica japonesa, que es más barata, más práctica y también muy exacta. Pero la calidad y el prestigio de la relojería suiza son otros”.

La suya es una actividad que siempre suele ser de las primeras en ser golpeadas en los momentos de dificultades económicas, como bien explica José: “Sin dudas, las crisis siempre se notan primero en rubros de lujo, como éste. Hemos pasado varios momentos difíciles y actualmente diría que no estamos en un momento fácil, pero no por la capacidad económica, sino por la inseguridad. Para suplantar lo que se gana por una pieza de oro, hay que vender diez de plata y oro, es decir que habría que tener un mayor volumen de venta para ganar lo que se ganaba antes”.

El rugby

Castellar practicó natación y fútbol de joven, pero fue el rugby, el que se transformó en su pasión. Y fue “de grande”. Cuando volvió del servicio militar, “aparecieron dos o tres amigos con la novedad del rugby”, y él, que “no tenía ni idea de qué era eso”, se interesó por la actividad.

Arrancaron en el Automoto Club como una peña, más adelante se juntaban a entrenar en el autódromo, donde les habían cedido un espacio, y comenzaron a jugar con la camiseta del Automoto.

Oficialmente, Los Miuras nació en el año 1968, “cuando se inauguró la cancha para lo cual, tiraron la pelota desde un avión, en el Automoto”, cuenta José.

Por algunas diferencias con la dirigencia del club, dejaron el autódromo y empezaron “a deambular” por la cancha de Newbery, el Uocra, y el Junín Golf Club.

Y también empezó a organizarse junto con ciudades vecinas lo que después fue la Unión de Rugby del Oeste de Buenos Aires (Uroba): “A nosotros nos apadrinaba Pingüinos, de Pergamino, que jugaba en una liga de Rosario. Y luego Rojas, Viamonte, Bragado, Chacabuco, fueron incorporando el rugby”.

Para Castellar, que practicó distintos deportes, no quedan dudas: el rugby es único. Y lo explica: “Cuando conocí el rugby y entendí su filosofía, me di cuenta de que es el mejor deporte que hay. Todo deporte es bueno, pero el rugby es un ejemplo de vida. En ese momento se decía que era ‘un deporte de caballos practicado por caballeros’, y si bien no es la definición exacta, sí es una actividad distinta. Si uno mira un partido de rugby se dará cuenta que es casi imposible que haya un gesto provocativo u obsceno hacia el árbitro, y eso es respetar a la justicia; también está la solidaridad, porque no se puede practicar este deporte sin ser solidario; y como esto hay un montón de ejemplos”.

De hecho, considera que el rugby es “tan generoso” que le permitió “ser entrenador sabiendo menos que los jugadores de ese momento”.

Es que lo llamaron “para integrar el grupo” en una época en la que el deporte estaba en un momento complicado, y aceptó, aunque “había jugadores que sabían más, tanto de táctica como de técnica”.

“Por eso digo que este deporte es muy generoso -insiste-, porque para respetar a una autoridad que los uniera, pude ser el técnico aun cuando algunos jugadores supieran más que yo”.

De acuerdo a su análisis, hoy el club Los Miuras “está en un momento institucional excelente, hay diez divisiones, sobran jugadores, se incorporó el hockey, las instalaciones están muy bien, quedó chico el terreno, la dirigencia está conformada por chicos que mamaron el rugby desde la cuarta división, pasaron por primera, y hoy son dirigentes muy buenos; el deporte creció porque la Uroba se está haciendo cada vez más grande, se compite a nivel nacional, hay información, hay jugadores incorporados a clubes de primera, como Mariano Zinani que está jugando en el Casi”.

Es por eso que no duda en afirmar que esta institución “no tiene techo, y en diez años va a ser el club más importante de Junín”.

Balance

A la hora de hacer un balance de lo vivido, José Castellar se muestra muy satisfecho: “Fui un privilegiado. Tengo una familia excelente, tanto hijos, como mi mujer, hermanas, sobrinos, todos muy unidos. En lo comercial no me fue mal, viví siempre de lo que me gustó, que eso no es poco, por lo que soy un agradecido. Y en lo deportivo, encontré el rugby que en mi vida, fue una luz en el camino. El balance es excelente, volvería a hacer lo mismo, sin lugar a dudas”.

(Fuente: Diario Democracia)

 

 

 

 

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