El 17 de octubre, Eva Perón y su reencuentro con el coronel Perón en la antesala del 22

Crónica de un día agitado. La conversación telefónica con Eva. Perón ante su pueblo desde el Balcón de la Rosada. “Que se case con Evita”, el clamor de los trabajadores. La metáfora de Perón usada en alusión a Eva en el discurso de aquella histórica noche.

 

Al llegar al Hospital Militar, Eva se encuentra con una importante cantidad de efectivos de seguridad. Una gran manifestación de siete cuadras de trabajadores requerían la presencia de Perón. El padre salesiano Carreras los exhortó a mantener la calma e instó para que retornaran al centro.

No obstante, una delegación de obreros se entrevistó con el teniente coronel Mercante que había sido recientemente liberado. Les dijo que el coronel no se hacía presente tal como lo solicitaban, en uno de los balcones a causa de su estado de salud.

A Eva le fue prohibido el acceso en razón de la estricta aplicación de los reglamentos castrenses. Por mediación de Mercante que, habiendo recuperado la libertad, iba caminando a la Casa Rosada, desde la plata baja. Su hombre estaba recluido desde las 6.40 en el departamento de dos ambientes del undécimo piso perteneciente al capellán, que el día anterior había gestionado el capitán Mazza.

Al finalizar la conversación, el coronel le aconsejó que volviera a su domicilio de calle Posadas y lo esperara allí. Luego Eva insistió en ver al doctor Mazz por los golpes que había recibido.

A las 17.4, Mercante informó que “el general Farrel le ofreció a Perón el gobierno”. Entre las 18 y las 19 fue detenido en la Casa de Gobierno. Una hora después Avalos entró al Hospital Militar. poco antes de las 21.30 Perón habló telefónicamente con Eva. Le comunicó que el Presidente acababa de convocarlo a su residencia. En esta oportunidad acordaron que viajarían juntos, de inmediato a San Nicolás.

Cuando eran las 21.40, el doctor Mazza condujo el coche Plymouth que transportó al coronel y dos ayudantes militares hacia el encuentro con Farrel. Allí convinieron la formación del nuevo gabinete. Luego el chofer D´Amato lo llevó hasta la Casa Rosada. Eran las 22.25

DESDE EL BALCON

Millares de trabajadores habían abandonado sus tareas esa mañana. Lo habían hecho unos, en forma espontánea, otros seducidos por improvisados dirigentes. Del cordón industrial del Gran Buenos Aires y hasta de La Plata, ayudados por la actitud benevolente de la policía ingresaron a la Capital Federal.

Pacíficamente, incontenibles, hicieron detener a su paso toda actividad. Cientos de hombres, mujeres y niños y el estupor de los porteños.

La multitud en aquella Plaza era la protagonista de la victoria.

Llegó el momento del éxtasis colectivo. A las 23.50 con entrecortadas frases entre gritos y aclamaciones luego de Farrel habló Perón.

Esa noche Eva Duarte no estuvo en el balcón que da a la calle Balcarce. Tampoco en el interior de la Casa Rosada, ni en la Plaza de Mayo, si bien aquella era su propia expresión por origen y destino.

Vivió ese diálogo maravilloso entre el pueblo y su conductor político -profundamente conmovida. a través de la radio.

Las palabras finales del mensaje fueron sugestivas.

Agradeció “las preocupaciones que han tenido por este humilde hombre que les habla…Por eso los abrazaría a todos, como abrazaré a mi pobre vieja…” Por un momento hubo un silencio respetuoso.

Y repitió: “Por eso hace poco les dije que los abrazaba como abrazaría a mi vieja, porque ustedes habrán tenido los mismos dolores y los miemos pensamientos que mi pobre viejita habrá sentido en esos días…”

Es obvio que no puede descartarse la referencia a su madre, reforzada por la revelación de que estaba “un poco enfermo y afligido” y que necesitaba un descanso “que me tomaré en el Chubut” ta como lo había manifestado por escrito desde la prisión de Martín García. Pero esta hipótesis no alcanza la solidez suficiente. Primero, porque a esta altura era evidente el distanciamiento físico y sobre todo afectivo, respecto a doña Juana Sosa. Su madre había contraído segundas nupcias con Marcelo Carosa, un jornalero de don Mario Tomás Perón y no manifestaba mucha preocupación por sus hijos. Segundo, no visitó a su madre en el Chubut ni inmediata ni mediatamente a los sucesos de octubre de 1945. Tercero, su madre, no estaría presente tampoco en un acontecimiento tan importante para la vida de su hijo como el enlace.

Eva había colmado como mujer aquel espacio -casi irreemplazable en algunos casos- de la madre en el corazón de Perón.

Aquella noche triunfal, la gente sencilla, que intuía la posibilidad de verlos unidos en matrimonio, sobre todo, quienes estaban más próximos al balcón, expresaron a gritos la recomendación “Que se case con Evita”· Y no se equivocaban.

Es posible que Perón haya tenido presente en ese momento, la imagen de Eva. No podía nombrarla. Entonces con José María Rosa cabe preguntarnos:

“¿Habrá sido una transposición inconsciente que hablase de abrazar y consolar a su pobre vieja, pensando en Eva que lo escucha por radio y lo esperaba en su casa? ¿O una salutación deliberada en sus cartas Perón llamaba a Eva “mi vieja o mi viejita”?”



Lo cierto es que había cambiado el rumbo de la historia.

De la Casa de Gobierno fue a Campo de Mayo. Avalos había renunciado ante el General Carlos von der Becke quien quedó a cargo interinamente del ministerio de Guerra.

Perón guardaba una íntima preocupación,. Hubo un tiroteo frente a “Crítica” y Vernengo Lima estaba río afuera con la escuadra sublevada.

EL REENCUENTRO

Cuatro días estuvieron sin verse. Se reencontraron -Eva y Juan Domingo- en la madrugada del 18, tal como lo habían acordado en el departamento de calle Posadas. Allí el coronel liberado, a la vez que victorioso, se confundió con Eva en un prolongado abrazo. Es que el amor que ellos habían madurada tras aquellas horas aciagas, curiosamente como también acababa de manifestarse la madurez de la comunión de amor entre el pueblo trabajador y su líder. Ambos reencuentros reclamaban la dimensión de lo definitivo, del para siempre.

La emoción profunda que los embargaba sobrepasaba el agotamiento por las tensiones vividas.

Cumplen de inmediato con dos compromisos impostergables que saldarán en un único trayecto. Saludaron al amigo común, el teniente coronel Domingo Mercante (VER ACA SU BIOGRAFIA HACIENDO CLIK), que se encontraba internado con molestias ulcerosas en el Hospital Militar y lo comprometieron como testigo de la boda que habría de protagonizar a la brevedad. De allí, en automóvil a la estancia de Subiza en San Nicolás.

Perón, diligente, no olvida la palabra empeñada. Antes de partir había dejado una escueta nota dirigida a su superior castrense que decía:

FACSIMIL DE LA SOLICITUD DEL CORONEL PERON PARA CASARSE

El 18 asumieron sus amigos José Humberto Sosa Molina, en Guerra; Abelardo Pantín, en Marina y Juan I. Cooke, en Relaciones Exteriores. Mercante, el 20, se hizo cargo de Trabajo y Previsión.

A los pocos días, el lunes 22, Perón tenía una cita impostergable en la Capital Federal. Por la tarde, en Junín, se casarían ante la ley de los hombres.

(FUENTE: “EVITA, CASAMIENTO EN JUNIN”, de Héctor Daniel Vargas y Roberto Carlos Dimarco)

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